La hora de los generales


TONI AYALA (texto)

La política española se está militarizando, no solo por el lenguaje bélico que cada vez más emplean los políticos, sino porque los partidos están fichando a militares para engrosar sus candidaturas. Y, ya puestos, mejor un general que un soldado raso.

La historia de la política mundial está llena de ejemplos de generales que se han puesto al frente de sus países. muchas veces, provocando represión y dolor a la población mediante dictaduras. Podemos citar a Augusto Pinochet en Chile; a Jorge Rafael Videla en Argentina… Militares como Benito Mussolini en Italia o Primo de Rivera y Francisco Franco, en España.

En democracias consideradas avanzadas y plenamente homologadas ha habido generales que han sido elegidos presidentes en las urnas. Son militares que se han pasado a la política, como lo podría hacer un abogado, un economista, un médico o un paleta.

Charles De Gaulle, héroe de la resistencia francesa en la Segunda Guerra Mundial, gobernó Francia, mientras que Estados Unidos es, seguramente, la mayor democracia con el récord de presidentes exmilitares, empezando por George Washington, comandante en jefe del Ejército Continental en la guerra de independencia.

Otro ejemplo fue Zachary Taylor, conocido como Old, Rough and Ready (“Viejo, rudo y presto”), quien fue el duodécimo presidente de EEUU, desde 1849 a 1850, y el primero que llegaba al cargo sin haber sido elegido previamente para ningún otro cometido público. Simplemente, destacó por su gran trayectoria militar.

Otro de los varios ejemplos made in USA es, sin duda, Dwight D. Eisenhower, todo un general de cinco estrellas del Ejército de los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. Fue comandante supremo aliado en el frente de la Europa occidental, responsable de la planificación y supervisión de la invasión del norte de África en la Operación Torch entre 1942 y 1943 y de la exitosa invasión de Francia y Alemania entre 1944 y 1945.1​ En 1951, además, se convirtió en el primer comandante supremo aliado en Europa de la OTAN.

Por lo tanto, en ciertos países, tener un militar como presidente no ha sido sinónimo de represión, más allá de las ideas que pudiera defender su partido, más o menos conservador. Pero, como cualquier otro perfil de político. Ahora bien, en otros países con tradición de haber sufrido dictaduras, como puede ser España, uno tiende a temblar cuando algún general quiere pasarse a la política.

Y, dentro del contexto de militarización del panorama político español, el último episodio ha sido, precisamente, la incorporación de varios generales a las listas electorales.

Cierto es que tenemos precedentes en la izquierda, con el general del Aire José Julio Rodríguez engrosando las filas de Podemos, pero lo que empieza a llamar la atención es la oleada de generales que se están apuntando al pelotón de la ultraderecha.

Así es como el general de división del Ejército de Tierra, Alberto Asarta, con experiencia en el Líbano y en Irak, encabezará la lista de Vox en Castellón. El general de brigada Agustín Rosety Fernández de Castro irá Cádiz. El teniente general Manuel Mestre, hará lo propio por Alicante. El general de división Antonio Budiño encabezará Pontevedra. Además, Vox también ha confirmado que el general de división Fulgencio Coll, exjefe del Estado Mayor del Ejército de Tierra, será su candidato a la alcaldía de Palma.

Los generales Asarta y Rosety firmaron un manifiesto apologético de Franco, en el que se justificaba la insurrección militar de 1936. Y, ahora, forman parte de la ofensiva político-militar de Vox de cara a las diferentes elecciones que se acercan en el horizonte.

El lenguaje bélico entre los políticos en España ha ido aumentando de decibelios en los últimos tiempos, sobre todo, para “luchar” (cito textualmente) contra el separatismo catalán. El “¡A por ellos!”, con los guardias civiles saliendo coreados de los cuarteles el día que emprendieron su partida para cumplir su misión en Catalunya de cara al 1-O, es un reflejo de que esta militarización del lenguaje político se ha trasladado al lenguaje ciudadano y al lenguaje de los medios de comunicación.

Desde un punto de vista de alguien a quien le guste hacerse preguntas, podríamos lanzar la siguiente:

“¿La operación Catalunya fue realmente policial o más bien militar?” “¿Por qué el Gobierno español puso al frente del dispositivo a un coronel de un instituto armado de naturaleza militar como es la Guardia Civil, por mucho que este cuerpo haga también funciones policiales en tiempos de paz?” Son cuestiones que, también, a raíz de los diferentes testimonios en el juicio contra los líderes del Procés en el Tribunal Supremo se pueden ir dilucidando.

Pero, la militarización de la sociedad es un fenómeno que irá en aumento, no solo en España, donde, seguramente, cada vez se podría notar más. En Francia, el Gobierno de Macron ya piensa en desplegar al Ejército contra las manifestaciones de los chalecos amarillos. En Brasil, el presidente Jair Bolsonaro (militar en la reserva) ha entregado a los militares la tarea de mantener a raya a la población de las favelas de Río de Janeiro.

El incremento del terrorismo yihadista ya provocó una mayor intervención de los militares en la cotidianidad de las ciudades, donde han ejercido funciones de seguridad propias de los cuerpos policiales. Es habitual viajar y ver a soldados custodiando aeropuertos o estaciones de tren. Ahora bien, el problema puede llegar cuando la frontera entre la política civil y la militarización de la política se va haciendo cada vez más estrecha.

Y, desde el punto de vista estratégico de un partido como Vox, tener en sus filas a un coronel como Diego Pérez de los Cobos, jefe del operativo del 1-O, de cara a unas elecciones, sería un puntazo. Pero, hay que dar tiempo al tiempo.

En cualquier caso, de seguir así, esto podría acabar como aquel relato de Gabriel García Márquez con militar de por medio, a quien su mujer le pregunta:

“Dime, qué comemos”.

Y él, responde:

“Mierda”.

 


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